miércoles, 5 de octubre de 2011

Valor del desacuerdo

La diferencia de creencias, culturas, cosmovisiones, actitudes y maneras de vivir de los seres humanos es lo que hace al mundo más rico. De hecho, la diversidad de culturas que experimentamos en Bolivia nos muestra claramente que existe una gran variedad de puntos de vista sobre la vida, y que esto es una fuente de riqueza invaluable.
Tener cerca a personas que piensan distinto, que ven el mundo desde otro ángulo, invita a reflexionar sobre la propia postura con respecto a la vida. Muchas veces consideramos como una amenaza las diferencias que podemos tener con los demás. Se constituye en un peligro a nuestra seguridad, lo que nos hace encerrarnos en un irracional miedo al otro.
Sin embargo, la verdad plena solo puede conseguirse en la medida en que nos enriquecemos con la diversidad de opiniones, asumiendo que nuestras verdades son solo parciales. Nadie posee la verdad absoluta. Todos aportamos desde nuestras distintas cosmovisiones a encontrarla.
Las innumerables manifestaciones de protesta de los últimos meses, encabezadas por diversos grupos sociales, indígenas o sectores marginados, nos han mostrado que ya no se puede seguir conviviendo con una verdadera intolerancia hacia los pensamientos distintos, a posturas ideológicas discrepantes. La solución parece marchar por facilitar el diálogo, el encuentro entre posturas diferentes, para hallar aquellas similitudes que pueden llevarnos a una vida mejor.
¿Por qué en las constantes peleas ideológicas y culturales se resaltan más nuestras diferencias que nuestros puntos de encuentro? Deberíamos hacernos constantemente esta pregunta al momento de toparnos con posturas diferentes. Nadie dijo que está mal pensar distinto, pues discrepar no implica necesariamente estar en contra: al contrario, es en estas diferencias donde podemos encontrar los fundamentos de nuestros pensamientos.
Un mundo mejor se logrará el día en que seamos consientes de que si bien somos diferentes, todos buscamos algo en común: la felicidad. Debemos encontrarla en una sociedad más justa, en la que todos sean escuchados, en la que todos sean más “humanos”, más sensibles al dolor y a la alegría del otro, más sinceros y abiertos en la búsqueda de la verdad.
El diálogo ahora -más que nunca- es necesario. Por ejemplo, cuando parece existir una clara intolerancia entre los indígenas del oriente del país y los diversos actores del occidente boliviano. Se resalta por sobre todo la diferencia de pensamiento y la tensión entre desarrollo / preservación del medio ambiente. Sin embargo, la discusión no se puede resolver negando la necesidad del progreso (¡No a la carretera Villa Tunari – San Ignacio de Moxos!) ni agrediendo al medio ambiente y el hábitat indígena (¡No importa destruir el territorio del TIPNIS!). Las posturas en torno al desarrollo son distintas en una y otra parte. No hay que satanizar a los adversarios, ni repetir medias verdades, ni eslogans ideológicos. Es necesario generar un clima de diálogo, de mutua escucha, que considere ceder en algunos puntos, buscando entre todos un desarrollo que preserve la naturaleza.
Podemos ser blancos, morenos, altos, bajos, gordos o flacos, orientales u occidentales, mas, todos nos encontramos al ser parte de un mismo ideal, al querer tener mejores condiciones de vida. En una sociedad en la que parece haberse perdido el respeto a lo diferente y al valor de la convivencia armoniosa, estamos llamados precisamente a ser solidarios con los distintos, pero que tienen un fin común al nuestro: ser felices. Esto sólo lo conseguiremos en la medida en que pongamos más énfasis en el diálogo y no en las confrontaciones.
* Orlando es jesuita boliviano, y actualmente estudia Filosofía y una Licenciatura en Comunicación en la Universidad Mayor de San Simón, en Cochabamba, Bolivia.

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